lunes, 15 de mayo de 2017

Hace buen día para morirse.

En un callejón, 
sin salida,
me encontré encerrada. 

Los vi acercarse, 
y me lo repitieron mil veces,
no debiste, no,
no debiste. 

Noté su mano impactar contra mi cara 
y su patada contra mi estomago. 
Perdí la visión, 
y seguido,
la respiración.

Por un momento, deje de sentirme viva. 

No iba a salir, no,
no iba a salir. 

Me repetí si aquello valía la pena, 
sí, 
creo, 
sí. 

Julio, 
dónde estás,
me repetía,
ah,
sí,
muerto.

Horas de dolor,
horas de tortura,
para qué,
me pregunté,
para qué.


Lo sentimos Z,
no queríamos,
pero así debe ser.

Y así acabé,
en un callejón, 
sin salida
y sentada contra la pared,
sin poderme mover,
sin ni siquiera llorar,
sin parpadear,
con la mirada fija,
mente en blanco,
mente muerta.


Después, me levanté,
me senté en la parada del autobús
y noté mil miradas,
por mi cara ensangrentada,
quizá,
por mi calma,
quizá,
por esa extraña situación.


Miré a la señora del lado y sonreí,
''Hace buen día''
seguido, 
respondió,
'' Sí ''
después sólo terminé mi frase, 

Hace buen día para morirse.