Caminé, caminé por horas,
con un abrigo negro, de invierno,
bajo un sol abrasador.
Caminé, caminé por horas,
junto al puerto, en el borde,
jugando a ser equilibrista.
En varias ocasiones me hubiera dejado caer,
agotada, para flotar,
para notar el roce del agua salada en mi piel.
Pero no, solo seguí, mi rumbo,
dejando mis pies arder,
como si se fueran a caer.
Descanso, camino, dolor,
duele el doble,
duele el doble,
pero no importa, sigo, camino,
mientras apoyo el peso en la punta de los pies.
No me quejo, solo camino,
por el centro de la plaza,
entre las palomas,
que no se inmutan,
de que pasan entre ellas, unos pies.
Caminé, caminé por horas,
rumbo a mi casa,
dejando atrás mi alma cansada,
que sigue caminando completamente desesperada.
En la plaça,
junto las palomas,
repitiendo una y otra vez: Caminé, caminé por horas.